Joaquim Nadal i Farreras

CATALUNYA DAVANT EL SEGLE XXI*

Intervenció en el curs “Los nacionalismos y la España del siglo XXI”, organitzat per la Universitat Internacional Menéndez Pelayo. La Coruña,  7 de juliol de 1999

El llamado, con poco acierto creo, problema de España, la recurrente cuestión nacional, mantiene toda su vigencia en los albores del siglo XXI. Parece incluso como si recrudezca alimentado por la intransigencia radical del nacionalismo español y de las veleidades soberanistas de algunos sectores de los nacionalismos, alimentándose mútuamente.

Nos hallamos pues ante un problema histórico, contumaz, que la España democrática y constitucional no ha resuelto plenamente a pesar del impulso descentralizador del llamado Estado de las Autonomías. En parte cabría incluso preguntarse si el “café para todos”, paliativo frente a las nacionalidades históricas inventado por los padres de la Constitución y eje del pacto de Estado no ha sido a un tiempo eficaz impulsor de la modernización general de España y obstáculo para la resolución adecuada, generosa e históricamente pertinente, de la articulación con las nacionalidades históricas.

Pero la raíz de la persistencia del problema desborda el marco estricto de las posibles lecturas de la Constitución para situarse en el terreno de la psicología y del imaginario colectivo, tanto en Cataluña como en el conjunto de España.

El conflicto se plantea en términos de enfrentamiento entre el nacionalismo español (unitarismo primario) y el nacionalismo catalán con grados de soberanismo variable. Este conflicto sigue vivo en gran medida como consecuencia de un error de planteamiento: Su abandonamiento a las posiciones y las voluntades políticas de los nacionalismos en liza sin una ponderación adecuada y distinta por parte de las fuerzas políticas que podrían avanzar en una solución respetuosa y plural.

En suma, el referente para la afirmación de uno siempre es la negación del otro. En un caso para eliminar obstáculos para una interpretación unitaria, homogeneizadora y centralista de España. Es el vendaval demonizador de los nacionalismos que recorre nuestro país y sirve objetivos políticos de corto alcance sin perspectivas de futuro.

La aceptación de un mismo esquema de debate, en un mismo marco, sin variar los límites del terreno de juego, conduce la cuestión a un callejón sin salida.

La interpretación histórica que afirma la existencia de una historia nacional española choca y entra en conflicto con aquella que pretendería afirmar la existencia de una historia nacional catalana, en ambos casos desde los orígenes más remotos de los tiempos. Se distorsiona, se manipula la realidad histórica hasta buscar raíces remotas, arcaizantes, a la españolidad o la catalanidad.

Si en Atapuerca se pretendiera hacer aparecer el español más antiguo, no tardaría mucho tiempo en afirmarse la existencia de lo catalán con la máxima antigüedad posible; en alguna carretera de tierras catalanas francesas se identifica en la prehistoria al catalán más antiguo.

Ante este debate viciado no podemos por menos que hacer un balance negativo del siglo XX: incomunicación, falta de diálogo, bloqueo de posiciones de un 98 a otro 98.

Hemos pasado de la melancolía de un 98 a la melancolía del actual y vivimos una nueva etapa de desencuentro, de confusión teórica e ideológica por falta de claridad, transparencia y sinceridad en los planteamientos políticos.

Vivimos atrapados en la trampa de los conceptos: España, Estado, Nación; a mitad de camino entre la historia y la política no sé si somos capaces de controlar ni la semántica, ni los sentimientos.

Así los políticos se lanzan a un juego dialéctico que agudiza la confusión, resta credibilidad y diluye los problemas reales.

España es para Jordi Pujol una realidad entrañable, pero no deja de aprovechar todas las oportunidades para recriminar el resurgimiento de un lenguaje neoimperialista, lo que le viene como anillo al dedo, auténtico bálsamo para sus horas más bajas.

José Mª Aznar niega su condición de nacionalista español, y desmiente dichas afirmaciones avanzando una estrategia política que niega no solo la  plasmación política del nacionalismo sino la misma realidad nacional.

Algunos políticos socialistas alertan del riesgo de quiebra o de secesión y se preocupan por la escalada dialéctica y política que reproduce las tensiones conocidas del pasado.

A muchos les duele España, una España que cruje, dicen.

Todos apelan al anatema de los nacionalismos excluyentes y la mayoría cae en la trampa de utilizar Serbia como coartada. La amenaza de la balcanización es el arma arrojadiza que utiliza el nacionalismo español para desacreditar sin matices todo atisbo de nacionalismo, y la propia condición plural de España.

Sólo la desdramatización de los conceptos (nación, independencia, autodeterminación, estado) puede conducirnos a un apaciguamiento del problema. A su desactivación.

Xavier Rubert, por ejemplo, ha llegado a la conclusión, no nacionalista, que la única vía para terminar con el nacionalismo catalán es un diálogo franco con España desde la independencia. Nadie duda de que se trata de una conclusión de un pacifismo aplastante y una estimulante provocación intelectual ante el callejón sin salida en que se instala habitualmente la clase política.

Hace veinte años, en mi ciudad, se reunió un numeroso grupo de intelectuales para responder a la pregunta ¿qué es España?  La sola formulación de la cuestión significaba un avance notable que lamentablemente no ha tenido continuidad. No solo eso sino que acreditando un retroceso notable, y en parte inexplicable, yo creo con toda sinceridad que aquella cita de hace ahora veinte años sería impensable, tal es el grado de intoxicación que se ha producido en este lapso de tiempo.

Subyacente podíamos encontrar todas las claves del nacionalismo catalán del siglo XX, y su homólogo español. 

  • Cataluña y España
  • Cataluña en España
  • Cataluña no es España
  • ¿qué es Cataluña?
  • ¿qué es España?

 El debate se produjo en 1981, en un momento clave de consolidación democrática y de recuperación institucional. Algunos preferirían denominarlo período álgido de debilidad del estado. La radicalidad del debate y las dificultades para el diálogo entre las diversas Españas frustró la ocasión como oportunidad intelectual para facilitar un camino fértil para la nueva democracia. La conclusión más evidente fue que no sólo no estaba enteramente resuelto en aquel momento el problema de las dos Españas sino que estábamos todavía muy lejos de zanjar el llamado “problema de España”, es decir, la cuestión nacional.

Pero la respuesta más contundente al interrogante de la convocatoria fue para muchos que España no es nada. No se trataba claro está de liquidar una evidencia. Nadie se atrevió a concluir que España no existe. No era una conclusión sino un punto de partida en el contexto del final de la transición. La definición de la España democrática estaba por escribir y todas las posibilidades estaban abiertas. Sólo hacia falta que intelectuales y políticos aceptaran el envite.

Aquella aseveración parecía, sin embargo, responder a una imperiosa necesidad: la negación temporal de España como único camino para desactivar la impaciencia de autoafirmación de Cataluña en un marco institucional y constitucional restringido y constreñido. Sólo si se abandonaba el camino de la provocación y reclamación recíproca, el diálogo se produciría en términos leales y constructivos, en pie de igualdad.

La negación de España, de una determinada España, podía facilitar que Cataluña reformulara sus relaciones con España en términos de una conflictividad inexistente. Aunque todo deba quedar en una simple provocación, conviene que seamos capaces de  reformular los conceptos de forma que puedan dar cabida a las realidades diversas que acogen. La reciente publicación de un libro sobre “Las Españas medievales” podría dar la medida del ajuste terminológico necesario. Del mismo modo que cualquier referencia a la “Historia común de los pueblos de España” o la reclamación sistemática de la pluralidad de España se perfilan como antídotos necesarios para garantizar un marco no monolítico y excluyente que incentiva y agudiza los separatismos. El debate suscitado por el decreto de humanidades es una buena muestra de ello. La pretensión uniformizadora no atempera sino que excita la pasión nacionalista. Es, como siempre, el mismo juego de acción-reacción entre nacionalismos.

Volvamos por un momento al balance de un siglo entre dos conmemoraciones   porque puede dar la medida del atolladero.

En 1898 Cataluña, al escapar del desastre, sentó las bases de la regeneración democrática de Cataluña y España sin dejarse llevar por el ímpetu nostálgico y fatalista de la generación de 1898. Escapar al desastre fue el inicio de la regeneración política de España y la base del desarrollo del catalanismo político. En plena efervescencia política, Cataluña y España se necesitarán para redimir, cada uno en su medida, las contradicciones de una situación cargada de tensiones. Tanto como desarrollarán unos y otros los factores de ruptura irreconciliable casi siempre coincidentes con los momentos de máximo déficit democrático. Dicho de otro modo; la República abordó la cuestión, planteó el tema y buscó una salida, un marco para la convivencia de las nacionalidades. Las crisis económica y la tensión social frustraron la experiencia y la Dictadura retornó al maniqueismo más radical, a la confrontación absoluta.

En 1998 Jordi Pujol ha insistido en dos formulaciones. “España va bien, pero Cataluña va mejor” y entorno a las conmemoraciones del 98 la afirmación que “su 98 no es nuestro 98” nos lleva de nuevo a un marco contradictorio y conflictivo que no resuelve la pregunta eterna sobre si el plus catalán (Cataluña va mejor, ahora que España va bien) es a ojos de los nacionalistas conservadores catalanes un planteamiento sin  España o con España y desde España.

Planteadas así las cosas, el balance del siglo XX podría parecer un balance estéril.

No lo es, sin embargo, si profundizamos en el análisis de la evolución histórica desde un contexto y un horizonte más amplios, y si buscamos en este análisis la indicación de algún camino más eficaz y positivo para encontrar una salida a la cuestión.

Conviene no perder de vista que desde el final de la Guerra Civil hasta los años setenta, el catalanismo político  fue en Cataluña absolutamente transversal y un factor común aglutinante del antifranquismo. La reivindicación de un marco democrático se hacía en el contexto y en paralelo a la afirmación de un marco nacional. Ocurre, sin embargo, que la consolidación democrática ha roto la supuesta unanimidad nacional de los movimientos sociales y políticos. El rumbo del Estado de las Autonomías ha devuelto el monopolio al nacionalismo esencialista y trascendente de los conservadores. Terreno abonado de nuevo para la dualización.

Pero aunque sea un fenómeno consentido y aquí todos los partidos no estrictamente nacionalistas deberían entonar su “mea culpa”, no deja de ser una apropiación indebida. Como tal absolutamente contraindicada para dar cauce a las legítimas aspiraciones de Cataluña.La democracia plantea la constatación de que hoy el debate ya no es posible en los términos de 1898, 1901, 1906, 1914, 1923, 1931 o 1936 para señalar algunas fechas cargadas de simbolismo en la evolución y la peripecia del catalanismo político.

Precisamente por todas estas razones no sirve una visión endógena, exclusivista y esencialista de la realidad nacional de Cataluña. Si la identidad se construye y la nación sé fabrica, la nación de hoy comporta una identidad plural, sensiblemente distinta en muchos aspectos a la Cataluña de principios del siglo XX. Ante esta realidad, aquellas visiones de un nacionalismo endógeno, que se neutraliza con cualquier nacionalismo de signo contrario, en sus planteamientos de arriba abajo, de la esencia a la realidad ignoran la base social y territorial de la nación en sí misma y bloquean las posibilidades de afirmación de evidentes realidades plurales.

Pero para enderezar el panorama haría falta que las fuerzas políticas netamente democráticas y catalanistas, de signo generalmente progresista, vinieran de  nuevo a llenar el vacío que ellas mismas dejaron cuando, saciada su sed democrática, se ausentaron de un debate crucial que abandonaron a la suerte de los nacionalismos.

A la izquierda corresponde la responsabilidad y el deber de devolver el debate al terreno de la racionalidad y la convivencia afirmando el valor incuestionable de la pluralidad nacional, cultural y lingüística que ahora, de forma absurda y poco diestra, se pretende laminar, como lo demuestran los más recientes y rancios discursos de la nueva clase dirigente española, amparados en la aparente modernidad de su juventud y su trayectoria.

 

EL SIGLO XXI. UN PACTO POLÍTICO PARA UN NUEVO MARCO DIFERENCIAL

El ejercicio que se requiere de ambas partes aparece en el horizonte con bastante nitidez y sólo depende de la voluntad de las mismas de superar el círculo vicioso inacabable y plantear una salida que otorgue una cierta estabilidad dinámica al modelo.

Aunque los constitucionalistas situados en el terreno de un debate jurídico y académico pueden pensar que algunas adaptaciones técnicas de cierto calado político en el marco constitucional bastan, la lógica política, intelectual y sentimental exige un ejercicio más riguroso que no puede exclusivamente centrarse en lo constitucional.

El punto de partida debiera ser el reconocimiento mutuo y el conocimiento propio.

Cataluña debe plantearse ante el siglo XXI una nueva realidad que desdramatice  lo español ante el empuje de lo europeo.

Despojado de connotaciones opresoras, el concepto España puede ser útil para explicar la peripecia histórica contemporánea de Cataluña. La Cataluña contemporánea no se entendería sin España. Pero la España democrática no debe, no puede querer seguir pasando factura homogeneizadora de una relación incómoda de dominio. En consecuencia, la España democrática ha de estar dispuesta a reconocer la realidad nacional de Cataluña y ha de construir un marco de voluntariedad estable que dé cabida a ésta y a otras realidades nacionales.

España podría así pasar de ser un concepto, una idea, una superestructura impuestos y a menudo negados, a convertirse en un auténtico paraguas plurinacional. Nación de naciones, estado plurinacional, España plural, pueblos de España con una historia común (conflictiva a menudo, pero común); España cobijo de la diferencia, desde la igualdad y la solidaridad, pero con claro acento diferencial para que no quepa lugar a dudas.

La diferencia puede pasar a medirse con parámetros nuevos sin querer equiparar las distintas realidades nacionales a las rigideces institucionales de los estados-nación, que es la tentación de los soberanistas. Pero para ello hace falta un ejercicio de cultura democrática que asigne al poder un carácter compartido y abierto.

Desde esta perspectiva empieza a ser posible un nuevo pacto político que debería tener su cristalización institucional para aceptar un nuevo marco diferencial. Ante una España distinta y profundamente democrática podría desarrollarse un nuevo modelo, perfeccionamiento del actual, basado en el federalismo plural, el federalismo de la diferencia.

Sólo así desbordaríamos los nacionalismos nostálgicos, unitaristas o excluyentes, porque todos excluyen y todos actúan con cierta perversidad.

Sólo así podremos dejar de anunciar constantemente que nos vamos y hacemos las maletas para un largo viaje que no emprenderemos nunca, en expresión feliz de Pasqual Maragall.

No habrá viaje porque no debería hacer falta. El reconocimiento mutuo, el conocimiento propio y una nueva lealtad constitucional nos lo podrían ahorrar.

En síntesis, a partir del análisis de la nueva realidad, la formulación de nuevos conceptos y nuevos contextos, la emergencia incluso de nuevos nacionalismos (ésta puede haber sido alguna de las virtualidades del Estado Autonómico), se puede plantear una reforma de la Constitución que se adapte y contenga sin ningún reparo esta realidad plural y diferencial, de modo que no estemos siempre abocados a la ducha escocesa de la duda existencial entre el ser y el no ser, si nos quieren o no nos quieren.

La libertad que nacería de este nuevo acuerdo, de este nuevo pacto (político y económico) permitiría a Cataluña y a las demás nacionalidades interpretar y ejercer libremente en España, su diferencia. Con libertad y responsabilidad. Una responsabilidad que sería asumida y exigida por la ciudadanía con la nitidez que permitiría un modelo sin atisbos de reticencia desde España. Liquidada la causa de la victimización,  los augures de la víctima quedarían por fin sin el terreno que una y otra vez han cultivado con fértil eficacia y con la complicidad de sus simétricos adversarios convertidos a menudo en aliados. Como ocurre todavía hoy con contundente evidencia.

 

7 Juliol 1999 Posted by | Conferències, INTERVENCIONS | , , , , , | Comentaris tancats a CATALUNYA DAVANT EL SEGLE XXI*